He muerto tantas veces ya... he resucitado una vez más sobre esta tierra imaginaria en donde el clamor de la venganza se llena de trances secos. He escrito tantas veces los designios del alma del hombre y he caminado una y otra vez el deseo al que se le huye y se recurre en ese vaivén fantasmagórico. De los estados existentes he pasado por todos, los paisajes que circundan he creado, he visto todo y no he visto nada.
Los manjares servidos los he rechazado, he dejado a un lado las riquezas y me he condenado por la eternidad, con la sola razón de continuar sufriendo humanidad.
En la noche de los cariocas he desfilado con las comparsas de la desazón y he sepultado mil amores que nunca me correspondieron con una flor, he visitado cada tumba en el trance de un mal sueño y recurrido cada cordón de vereda en donde navega la esperanza de la eternidad.
Los aromas que no existen han pasado por estas fosas en donde se hundieron los desesperados de las neblinas. En el centro de mi cadáver se retorcieron los sueños no nacidos y las esperanzas bailaron danzas rituales de los ancestros de las ruinas.
He ganado y perdido todo, he sido paria y mendigo, señor de señores y dios de reyes. He sido y no sido. Creído y repudiado, torturado y vencido.
En el trance de las mil y una noches ejercito mi hastío. Mis Magdalenas me lloran todavía por las calles enterradas hace infiernos de tiempos.
Todavía creo que respiro algún aire espeso, he querido no hacerlo, pero me he condenado y he elegido.
Situado en la altura de las llanuras me veo vestido todavía con los anhelos de la niñez, secreteando cartas de amor nunca entregadas, rezando plegarias, regalando esperanza y creyendo, creyendo una y otra vez que los milagros llegarían. Hoy no puedo imaginar esta tierra, porque poco de ella ha quedado y también yo la he desbastado.
Los relojes sinfónicos de la historia marcan el paso de los seres de las neblinas.
En una estación del alma han quedado varados los pasajeros sin un destino y acorralado por la libertad espero lo que no espero.